Hace un tiempo escribimos la reseña de la exposición de Ron Mueck en la Ciudad de México, la incluimos en el blog ya que dicho artista marcó un momento importante en nuestra perspectiva del arte. ¡Qué lo disfruten!
A la entrada de la exposición se encuentra una joven, piel blanca y ojos verdes, facciones delicadas, como los de una muñeca de porcelana, cabello castaño claro y largo, hasta la mitad de la cintura. Ella es la encargada de dar las indicaciones generales a las personas que entran a la exposición
La chica me sonríe, me comenta que dentro de la exposición no podré tocar ninguna escultura, me señala una pequeña mesa que está a un lado de ella y me dice que está será la única figura que podré tocar. Sobre la mesa hay una base de plástico en la cual reposa la parte inferior de un rostro, la boca y parte de una barbilla partida por la mitad, con un poco de mejilla, no sé a quién haya pertenecido esta boca, por cierto, nada atractiva. La chica me indica que este es el material con el cual se fabricaron todas las esculturas. -Fibra de vidrio, silicón y látex- me dijo.
Mis manos se acercan a su boca, la tocan, es suave, maleable, puedo sentir sus bordes, donde comienza y donde termina, siento también las imperfecciones del rostro, los poros y las arrugas. Mis dedos parecen disfrutar el momento, mis uñas quieren conocer también la sensación, acaricio esa boca, muy distinta a cualquiera que haya sentido, casi como piel y carne de verdad, sin embargo, fría, sin sudor, sin olor y con sólo un poco de grasa, quizá de las otras manos que le han tocado. Dejo la boca sobre la base de plástico y la chica me ofrece gel antibacterial, le sonrío alargo mis brazos y hecha sobre mis palmas un par de gotas del frío líquido, me froto las manos para diluirlo y en ellas queda un ligero aroma a alcohol con algún tipo de esencia floral. –Que disfrutes la exposición-. Me dice la chica mientras deja el gel antibacterial sobre la mesa, a un lado de los labios y me regala una última sonrisa, una hermosa sonrisa de sus labios, después de la cual entro a la primera habitación de la sala de exposición.
Paso por la puerta de madera que permite la entrada a la habitación, la primera imagen que tengo, justo al frente de mí, es una pared de presentación, dos columnas, la del lado izquierdo en español y la del lado derecho en ingles, en ella se da una brevísima reseña de la vida y obra de Ron Mueck, la “gran labor” (así lo refiere la pared) que realizo el museo para traer la exposición hasta su sede y algunas reflexiones estético-filosóficas de la impresión que genera el arte del escultor australiano. Cito: “Estas figuras nos recuerdan cómo se siente ser observado… nuestra imagen de intrusos sorprendidos y motivados a develar los secretos ocultos de nuestra propia desnudez”. Qué ironía, eso es justamente lo que vengo a hacer el día de hoy.
La habitación es de 6 metros de ancho, 10 metros de largo y 6 metros de alto, es totalmente blanca y está iluminada solamente por dos focos que están sujetos a un par de lámparas que apuntan a las paredes laterales del cuarto, lo que produce una muy tenue oscuridad. Al final de la habitación, a un lado del acceso al segundo cuarto, se encuentra la primera escultura. Acostado, mostrando la parte anterior del rostro, a modo de mascara, con los ojos cerrados, como durmiendo, se presenta el mismo escultor ante su público, cómo si se burlara de nosotros, o quizá mostrando que después del arduo trabajo que vamos a ver, él está realmente cansado, sólo falto en su rostro, resbalando por los cauces de su boca, un hilo de baba. La máscara aumentada por lo menos diez veces genera toda la atención para sí. De las 20 personas que se encuentran en la habitación, al menos 15 miran el rostro de Mueck desde todos los ángulos posibles, fascinados. El sonido del obturador de las cámaras de los visitantes suena uno tras otro y de vez en cuando un flash inunda la habitación, seguido inmediatamente por la exhortación de los encargados de seguridad de apagar los “flashes” de todas las cámaras.
Los rostros de los visitantes son cubiertos por las cámaras fotográficas, (también traen máscara) buscando el mejor encuadre y enfocando la lente en la posición correcta, cuando están listos, “disparan” para después contemplar su “tino” frente a la pantalla de la cámara, una más. Una sola foto nunca es suficiente. Quien no trae cámara se ayuda de su celular, tableta, o reproductor de mp3 para captar la imagen de la escultura. Los que no toman fotos, miran la escultura, acercan sus rostros a ella hasta donde está permitido, giran la cabeza casi sin parpadear, y de vez en cuando voltean para comprobar que no están obstruyendo la mirada o la lente de alguien más, la solidaridad grupal presenta aquí su mayor exponente. También tratan de evitar el más mínimo contacto físico con los demás, por lo cual, cuando éste se da, se apresuran a pedir disculpas y permitir que el otro sujeto continúe con su visita. Situación bastante distinta a los que van acompañados, los cuales se acercan demasiado a su acompañante cuando terminan de contemplar la escultura para dar una “explicación corporal” de lo que ellos están percibiendo. “Se ve súper real”, “Ya viste sus poros” (dicen esto mientras acercan su mano derecha a la izquierda, acariciándola, sintiendo sus propios poros.) son algunas de las frases que alcanzo a escuchar, seguido por más obturadores y alguno que otro despistado más haciendo brillar la habitación con un flash.
La siguiente habitación presenta dos esculturas. A diferencia de la primera, las que se presentan ahora son mucho más pequeñas a su modelo original. La gente comienza a congregarse alrededor de la primera escultura, “Mujer con palos”, la cual representa a una mujer desnuda de mediana edad, de no más de un metro de altura cargando un paquete de palos de distintos tamaños. Tal es el peso y tamaño de los palos que la mujer tiene que encorvarse hacia atrás para sostenerlos. Alguien hace “flashear” su cámara, los demás visitantes comienzan a repetir la exhortación junto con el personal de seguridad. Han aprendido, aunque no todos, al parecer. Se escuchan murmullos, distintos acentos, escucho por lo menos el acento argentino de una señora con al menos 50 años encima. Escucho también algunas palabras en el idioma inglés, no comprendo lo que dicen. La gente se acerca a la escultura de la mujer con palos, el personal de seguridad les solicita que no excedan la línea de seguridad, marcada a 70 cm de distancia alrededor de la escultura. Las personas tocan la periferia de la línea con los pies, acercan sus rostros lo más que pueden a la escultura, lo suficiente para mirar los detalles, pero no tanto para mostrar ansiedad. Acercan también sus cámaras o aparatos electrónicos, buscando el mejor encuadre. Demasiados close-ups a mi gusto, no logran captar las dimensiones de las esculturas, se enfocan demasiado en los detalles, no buscan la historia detrás de la imagen. Escucho más murmullos: “pareciera que está viva”. El murmullo parece ser la única forma aceptada de hablar en la exposición, como si las figuras oyeran que están hablando de ellas, cómo si no supieran que hablan de ellas. Miro a la mujer, ¿Qué pretende hacer con los palos? Definitivamente no una fogata, si tuviera frio, no estaría desnuda. Quizá allí está la clave de mi pregunta, Una fogata sí, pero no para producirse calor, sólo para producir fuego, ¿Para qué? Para comida probablemente, aunque no es una mujer que tenga hambre, está bien alimentada. Prepara un sacrificio, por eso la desnudez, para purificarse, será ella misma un Isaac que lleva el combustible de su propia hoguera. O el fuego es para alguien más, tal vez para el hombre que la desnudo.
La gente de la segunda habitación transcurre rápido, pasan menos de dos minutos en cada una de las dos esculturas que llenan la habitación. La segunda escultura es un bebe. Un pequeño bebe, del tamaño de una mano de un hombre promedio. No un feto, sino un bebe, colgado en medio de la pared con los pies extendidos y los brazos encogidos hacía su pecho. El bebe es fotografiado rápidamente, algunos visitantes, se agachan, giran la cabeza, ponen sus manos sobre su barbilla, algunos más se tapan la boca con algunos dedos mientras están parados justo frente al bebe, después de un minuto de contemplación hacen un gesto de afirmación y avanzan a la tercera habitación. La ausencia de gente me hace sentir mejor, puedo dialogar con la escultura, me da oportunidad de escucharla… y la escucho. Cuando estoy enfocando al bebe para ponerlo en el punto superior izquierdo de mi encuadre fotográfico, escucho el llanto. ¿No le gustará ese encuadre?, ¿Preferirá algún punto inferior?, o peor aún, ¿Preferirá el centro? Que ridiculez, que va a saber un bebe sobre fotografía. Me enojo, estoy a punto de dejar mi cámara, y volteo, gracias a Dios, no es mi bebe el que está llorando, es un nuevo visitante que va en su carriola y que al parecer no le gusta observar a un compañero suyo expuesto totalmente ante, personas tan voyeristas. Disparo. No sale como quiero, necesito otra cámara. Me acerco más, el hombre de seguridad me advierte no sobrepasar la línea. Cuanta insistencia con la línea de seguridad. ¿Mi presencia afectará a la escultura? Por supuesto que sí, y ellos lo saben. Pero ni se imaginan cuantas ganas tengo de tomar esa escultura en mis manos, de volver a sentir esa piel artificial, de esconderla en la bolsa de mi pantalón, para luego presumirla, en la mesa de centro de mi hogar. –Qué bonita figura- Me dirían. -¿Cómo la conseguiste?- Y me reiría muy a mis adentros. Pero esa línea de seguridad me detiene.
La tercera habitación se encuentra oscura casi en su totalidad. Dentro de ella no logro encontrar una fuente de luz directa. La única luz que llega es aquella que se escabulle del cuarto anterior y la que surge del siguiente, el cual da directamente a la salida de la sala. La única escultura que acompaña esta habitación es bastante grande, en comparación con las otras. Aunque en sí misma la figura sólo es una representación del escultor de casi 80 cm, la escultura se convierte en la más grande al ir acompañada por un bote de más de dos metros de largo. El hombre está dentro del bote, está desnudo, tiene los brazos cruzados y la cabeza ligeramente volteada hacía la derecha. En esta escultura, sucede algo singular con los visitantes, comienzan a tomarse fotos con ella. Piden a sus acompañantes que les tomen las fotos y hay hasta los que solicitan a algún extraño que le tome la foto a él y a su(s) acompañantes. La gente comienza a caminar “por la cuerda floja”, sobre la línea de seguridad, algunos alzan su mirada llevando sus ojos dentro del bote, buscando algo, levantan los pies, como bailando para mirar mejor, al no encontrar nada regresan a su posición original para seguir contemplando los detalles de la mínima figura humana. -En cualquier momento va a hablar- Me dice la mujer que está a lado mío. –Ya está hablando-.Le contesto. –Sólo tienes que escucharlo mejor. La mujer me mira, extraño, se aleja. Le sonrío. Me percato que todos miran por la proa del bote, en donde se encuentra la figura, nadie va a visitar la popa, desde donde se puede observar a todos los visitantes mirando a un hombre desnudo sin el menor pudor.
En la siguiente escultura no puedo evitar reírme, casi suelto una carcajada. Pero nadie más río. ¿Entenderán lo que están viendo? Si lo hicieran todos reirían junto conmigo. Una gallina gigante, muerta gracias a un profundo corte en su cuello. Colgada de cabeza con ayuda de un gancho, desplumada. Pero nada de eso tiene gracia, todos visitamos la pollería y nadie encuentra allí algo gracioso. La “naturaleza muerta” (título que utilizó Mueck para esta escultura) está colgada justo en el centro de la habitación que llego a ser el recinto del director de la biblioteca de la antigua Escuela Nacional Preparatoria. Y está acompañada por “La sagrada familia” y “La venida del espíritu santo”, grandes obras de Francisco Antonio Vallejo. La gallina muerta no puede luchar contra la gravedad y avienta sus alas hacía abajo, produciendo una sombra inigualable. ¿Dónde está el chiste? Por favor, si lo explicara perdería toda su gracia.
Camino a la siguiente y última habitación, no hace falta acercarse para ver la siguiente imagen. La habitación va acompañada del ritmos de decenas de pasos que caen sobre un piso de madera, bastante bien cuidado. El sonido de tacones y rechinidos hacen una hermosa sinfonía surrealista que hace mezcla perfecta con el hiperrealismo que se presenta ante mis ojos. Me acerco más, comienzo a sentir el latir de mi corazón. Es justamente lo que estoy sintiendo, sólo el latir de mi corazón, dejo de oír los pasos y comienzo a enfocarme en el bum…bum…bum cada vez más lento (o más rápido, que se yo) de mi órgano cardíaco. Es una mujer (y que mujer) es la dueña de mis pesadillas, no ella, sino su tamaño. Sus dimensiones me llevan a los profundos océanos de mi realidad onírica. Su sola imagen me hace recordar mis delirios de fiebre que sufría cuando era más pequeño, en donde yo mismo era gigante y pequeño al mismo tiempo, y todo a mí alrededor me quería aplastar, y no dejar huella de mí. Recuerdo aquella escena donde dos gigante, en su batalla de poder, pretenden acabar con un mundo ya desierto y donde sólo quedan una rosa roja y yo, y a mí me es encargada la tarea de proteger dicha rosa, y la cubro mientras los gigantes chocan contra mí. Y despierto, y mi sueño es realidad. Y allí está ella, con su mirada de preocupación, sabe que llegará el día en el cual se tenga que levantar de su lecho para enfrentarse a ese otro gigante, que no llego a la exposición, Afortunadamente. Lamentablemente. ¿Y dónde está la rosa? Aquella protegida mía, será la chica con la que crucé miradas en la habitación anterior. Tonterías. Sin lucha de gigantes no habrá tampoco rosa que cuidar. Agradezco a mis lectores por soportar mis pensamientos, y a Ron Mueck (aunque probablemente jamás llegue a leer este relato) que despertó en mí las ganas de seguir jugando con plastilina.
¿Qué te provocan estas imágenes? Comparte tus comentarios, buenas Lunas para todos
Fernando Illarramendi 05/Febrero/2012











.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)
.png)

.png)







.jpg)
