lunes, 2 de junio de 2014

Jugar con Plastilina

Hace un tiempo escribimos la reseña de la exposición de Ron Mueck en la Ciudad de México, la incluimos en el blog ya que dicho artista marcó un momento importante en nuestra perspectiva del arte.  ¡Qué lo disfruten!

A la entrada de la exposición se encuentra una joven, piel blanca y ojos verdes, facciones delicadas, como los de una muñeca de porcelana, cabello castaño claro y largo, hasta la mitad de la cintura. Ella es la encargada de dar las indicaciones generales a las personas que entran a la exposición

            La chica me sonríe, me comenta que dentro de la exposición no podré tocar ninguna escultura, me señala una pequeña mesa que está a un lado de ella y me dice que está será la única figura que podré tocar. Sobre la mesa hay una base de plástico en la cual reposa la parte inferior de un rostro, la boca y parte de una barbilla partida por la mitad, con un poco de mejilla, no sé a quién haya pertenecido esta boca, por cierto, nada atractiva. La chica me indica que este es el material con el cual se fabricaron todas las esculturas. -Fibra de vidrio, silicón y látex- me dijo.

            Mis manos se acercan a su boca, la tocan, es suave, maleable, puedo sentir sus bordes, donde comienza y donde termina, siento también las imperfecciones del rostro, los poros y las arrugas. Mis dedos parecen disfrutar el momento, mis uñas quieren conocer también la sensación,  acaricio esa boca, muy distinta a cualquiera que haya sentido, casi como piel y carne de verdad, sin embargo, fría, sin sudor, sin olor y con sólo un poco de grasa, quizá de las otras manos que le han tocado. Dejo la boca sobre la base de plástico y la chica me ofrece gel antibacterial, le sonrío alargo mis brazos y hecha sobre mis palmas un par de gotas del  frío líquido, me froto las manos para diluirlo y en ellas queda un ligero aroma a alcohol con algún tipo de esencia floral. –Que disfrutes la exposición-. Me dice la chica mientras deja el gel antibacterial sobre la mesa, a un lado de los labios y me regala una última sonrisa, una hermosa sonrisa de sus labios, después de la cual entro a la primera habitación de la sala de exposición.

            Paso por la puerta de madera que permite la entrada a la habitación, la primera imagen que tengo, justo al frente de mí, es una pared de presentación, dos columnas, la del lado izquierdo en español y la del lado derecho en ingles, en ella se da una brevísima reseña de la vida y obra de Ron Mueck, la “gran labor” (así lo refiere la pared) que realizo el museo  para traer la exposición hasta su sede y algunas reflexiones estético-filosóficas de la impresión que genera el arte del escultor australiano. Cito: “Estas figuras nos recuerdan cómo se siente ser observado… nuestra imagen de intrusos sorprendidos y motivados a develar los secretos ocultos de nuestra propia desnudez”. Qué ironía, eso es justamente lo que vengo a hacer el día de hoy.





            La habitación es de 6 metros de ancho, 10 metros de largo y 6 metros de alto, es totalmente blanca y está iluminada solamente por dos focos que están sujetos a un par de lámparas que apuntan a las paredes laterales del cuarto, lo que produce una muy tenue oscuridad. Al final de la habitación, a un lado del acceso al segundo cuarto, se encuentra la primera escultura. Acostado, mostrando la parte anterior del rostro, a modo de mascara, con los ojos cerrados, como durmiendo, se presenta el mismo escultor ante su público, cómo si se burlara de nosotros, o quizá mostrando que después del arduo trabajo que vamos a ver, él está realmente cansado, sólo falto en su rostro, resbalando por los cauces de su boca, un hilo de baba. La máscara aumentada por lo menos diez veces genera toda la atención para sí. De las 20 personas que se encuentran en la habitación, al menos 15 miran el rostro de Mueck desde todos los ángulos posibles, fascinados. El sonido del obturador de las cámaras de los visitantes suena uno tras otro y de vez en cuando un flash inunda la habitación, seguido inmediatamente por la exhortación de los encargados de seguridad de apagar los “flashes” de todas las cámaras.

            Los rostros de los visitantes son cubiertos por las cámaras fotográficas, (también traen máscara) buscando el mejor encuadre y enfocando la lente en la posición correcta, cuando están listos, “disparan” para después contemplar su “tino” frente a la pantalla de la cámara, una más. Una sola foto nunca es suficiente. Quien no trae cámara se ayuda de su celular, tableta, o reproductor de mp3 para captar la imagen de la escultura. Los que no toman fotos, miran la escultura, acercan sus rostros a ella hasta donde está permitido, giran la cabeza casi sin parpadear, y de vez en cuando voltean para comprobar que no están obstruyendo la mirada o la lente de alguien más, la solidaridad grupal presenta aquí su mayor exponente. También tratan de evitar el más mínimo contacto físico con los demás, por lo cual, cuando éste se da, se apresuran a pedir disculpas y permitir que el otro sujeto continúe con su visita. Situación bastante distinta a los que van acompañados, los cuales se acercan demasiado a su acompañante cuando terminan de contemplar la escultura para dar una “explicación corporal” de lo que ellos están percibiendo. “Se ve súper real”, “Ya viste sus poros” (dicen esto mientras acercan su mano derecha a la izquierda, acariciándola, sintiendo sus propios poros.) son algunas de las frases que alcanzo a escuchar, seguido por más obturadores y alguno que otro despistado más haciendo brillar la habitación con un flash.




  La siguiente habitación presenta dos esculturas. A diferencia de la primera, las que se presentan ahora son mucho más pequeñas a su modelo original. La gente comienza a congregarse alrededor de la primera escultura, “Mujer con palos”, la cual representa a una mujer desnuda de mediana edad, de no más de un metro de altura cargando un paquete de palos de distintos tamaños. Tal es el peso y tamaño de los palos que la mujer tiene que encorvarse hacia atrás para sostenerlos. Alguien hace “flashear” su cámara, los demás visitantes comienzan a repetir la exhortación junto con el personal de seguridad. Han aprendido, aunque no todos, al parecer. Se escuchan murmullos, distintos acentos, escucho por lo menos el acento argentino de una señora con al menos 50 años encima. Escucho también algunas palabras en el idioma inglés, no comprendo lo que dicen. La gente se acerca a la escultura de la mujer con palos, el personal de seguridad les solicita que no excedan la línea de seguridad, marcada a 70 cm de distancia alrededor de la escultura. Las personas tocan la periferia de la línea con los pies, acercan sus rostros lo más que pueden a la escultura, lo suficiente para mirar los detalles, pero no tanto para mostrar ansiedad. Acercan también sus cámaras o aparatos electrónicos, buscando el mejor encuadre. Demasiados close-ups a mi gusto, no logran captar las dimensiones de las esculturas, se enfocan demasiado en los detalles, no buscan la historia detrás de la imagen. Escucho más murmullos: “pareciera que está viva”.  El murmullo parece ser la única forma aceptada de hablar en la exposición, como si las figuras oyeran que están hablando de ellas, cómo si no supieran que hablan de ellas. Miro a la mujer, ¿Qué pretende hacer con los palos? Definitivamente no una fogata, si tuviera frio, no estaría desnuda. Quizá allí está la clave de mi pregunta, Una fogata sí, pero no para producirse calor, sólo para producir fuego, ¿Para qué? Para comida probablemente, aunque no es una mujer que tenga hambre, está bien alimentada. Prepara un sacrificio, por eso la desnudez, para purificarse, será ella misma un Isaac que lleva el combustible de su propia hoguera. O el fuego es para alguien más, tal vez para el hombre que la desnudo.

            La gente de la segunda habitación transcurre rápido, pasan menos de dos minutos en cada una de las dos esculturas que llenan la habitación. La segunda escultura es un bebe. Un pequeño bebe, del tamaño de una mano de un hombre promedio. No un feto, sino un bebe, colgado en medio de la pared con los pies extendidos y los brazos encogidos hacía su pecho. El bebe es fotografiado rápidamente, algunos visitantes, se agachan, giran la cabeza, ponen sus manos sobre su barbilla, algunos más se tapan la boca con algunos dedos mientras están parados justo frente al bebe, después de un minuto de contemplación hacen un gesto de afirmación y avanzan a la tercera habitación. La ausencia de gente me hace sentir mejor, puedo dialogar con la escultura, me da oportunidad de escucharla… y la escucho. Cuando estoy enfocando al bebe para ponerlo en el punto superior izquierdo de mi encuadre fotográfico, escucho el llanto.  ¿No le gustará ese encuadre?, ¿Preferirá algún punto inferior?, o peor aún, ¿Preferirá el centro? Que ridiculez, que va a saber un bebe sobre fotografía. Me enojo, estoy a punto de dejar mi cámara, y volteo, gracias a Dios, no es mi bebe el que está llorando, es un nuevo visitante que va en su carriola y que al  parecer no le gusta observar a un compañero suyo expuesto totalmente ante, personas tan voyeristas. Disparo. No sale como quiero, necesito otra cámara. Me acerco más, el hombre de seguridad me advierte no sobrepasar la línea. Cuanta insistencia con la línea de seguridad. ¿Mi presencia afectará a la escultura? Por supuesto que sí, y ellos lo saben. Pero ni se imaginan cuantas ganas tengo de tomar esa escultura en mis manos, de volver a sentir esa piel artificial, de esconderla en la bolsa de mi pantalón, para luego presumirla, en la mesa de centro de mi hogar. –Qué bonita figura- Me dirían. -¿Cómo la conseguiste?- Y me reiría muy a mis adentros. Pero esa línea de seguridad me detiene.

  La tercera habitación se encuentra oscura casi en su totalidad. Dentro de ella no logro encontrar una fuente de luz directa. La única luz que llega es aquella que se escabulle del cuarto anterior y la que surge del siguiente, el cual da directamente a la salida de la sala. La única escultura que acompaña esta habitación es bastante grande, en comparación con las otras. Aunque en sí misma la figura sólo es una representación del escultor de casi 80 cm, la escultura se convierte en la más grande al ir acompañada por un bote de más de dos metros de largo. El hombre está dentro del bote, está desnudo, tiene los brazos cruzados y la cabeza ligeramente volteada hacía la derecha. En esta escultura, sucede algo singular con los visitantes, comienzan a tomarse fotos con ella. Piden a sus acompañantes que les tomen las fotos y hay hasta los que solicitan a algún extraño que le tome la foto a él y a su(s) acompañantes. La gente comienza a caminar “por la cuerda floja”, sobre la línea de seguridad, algunos alzan su mirada llevando sus ojos dentro del bote, buscando algo, levantan los pies, como bailando para mirar mejor, al no encontrar nada regresan a su posición original para seguir contemplando los detalles de la mínima figura humana. -En cualquier momento va a hablar- Me dice la mujer que está a lado mío. –Ya está hablando-.Le contesto. –Sólo tienes que escucharlo mejor. La mujer me mira, extraño, se aleja. Le sonrío. Me percato que todos miran por la proa del bote, en donde se encuentra la figura, nadie va a visitar la popa, desde donde se puede observar a todos los visitantes mirando a un hombre desnudo sin el menor pudor.

  En la siguiente escultura no puedo evitar reírme, casi suelto una carcajada. Pero nadie más río. ¿Entenderán lo que están viendo? Si lo hicieran todos reirían junto conmigo. Una gallina gigante, muerta gracias a un profundo corte en su cuello. Colgada de cabeza con ayuda de un gancho, desplumada. Pero nada de eso tiene gracia, todos visitamos la pollería y nadie encuentra allí algo gracioso. La “naturaleza muerta” (título que utilizó Mueck para esta escultura) está colgada justo en el centro de la habitación que llego a ser el recinto del director de la biblioteca de la antigua Escuela Nacional Preparatoria. Y está acompañada por “La sagrada familia” y “La venida del espíritu santo”, grandes obras de Francisco Antonio Vallejo. La gallina muerta no puede luchar contra la gravedad y avienta sus alas hacía abajo, produciendo una sombra inigualable. ¿Dónde está el chiste? Por favor, si lo explicara perdería toda su gracia.

  Camino a la siguiente y última habitación, no hace falta acercarse para ver la siguiente imagen. La habitación va acompañada del ritmos de decenas de pasos que caen sobre un piso de madera, bastante bien cuidado. El sonido de tacones y rechinidos hacen una hermosa sinfonía surrealista que hace mezcla perfecta con el hiperrealismo que se presenta ante mis ojos. Me acerco más, comienzo a sentir el latir de mi corazón. Es justamente lo que estoy sintiendo, sólo el latir de mi corazón, dejo de oír los pasos y comienzo a enfocarme en el bum…bum…bum cada vez más lento (o más rápido, que se yo) de mi órgano cardíaco. Es una mujer (y que mujer) es la dueña de mis pesadillas, no ella, sino su tamaño. Sus dimensiones me llevan a los profundos océanos de mi realidad onírica. Su sola imagen me hace recordar  mis delirios de fiebre que sufría cuando era más pequeño, en donde yo mismo era gigante y pequeño al mismo tiempo, y todo a mí alrededor me quería aplastar, y no dejar huella de mí. Recuerdo aquella escena donde dos gigante, en su batalla de poder, pretenden acabar con un mundo ya desierto y donde sólo quedan una rosa roja y yo, y a mí me es encargada la tarea de proteger dicha rosa, y la cubro mientras los gigantes chocan contra mí. Y despierto, y mi sueño es realidad. Y allí está ella, con su mirada de preocupación, sabe que llegará el día en el cual se tenga que levantar de su lecho para enfrentarse a ese otro gigante, que no llego a la exposición, Afortunadamente. Lamentablemente. ¿Y dónde está la rosa? Aquella protegida mía, será la chica con la que crucé miradas en la habitación anterior. Tonterías. Sin lucha de gigantes no habrá tampoco rosa que cuidar. Agradezco a mis lectores por soportar mis pensamientos, y a Ron Mueck (aunque probablemente jamás llegue a leer este relato) que despertó en mí las ganas de seguir jugando con plastilina.



¿Qué te provocan estas imágenes? Comparte tus comentarios, buenas Lunas para todos

Fernando Illarramendi 05/Febrero/2012

Crónica del Xitle. Un viaje al Mictlán



Preparé mi bolsa de viaje con los objetos más necesarios que utilizaría durante el campamento: Una bufanda, un gorro, una manzana, una barra de chocolate mis identificaciones y el dinero exacto para el autobús, -no necesito más- Pensé, a fin de cuentas sólo sería una noche en el bosque y seguro que encontraría a alguien que estuviera dispuesto a permitirme dormir en su casa de campaña por un momento o al menos prestarme una cobija para soportar el frío; siempre he encontrado ayuda en los momentos más inesperados, y estaban seguro que esta vez no sería la excepción. Tomé mi sudadera, y me dispuse a partir.

Mirando el cielo supuse que haría un buen día, las nubes, que habían mantenido su triste tono grisáceo durante toda la semana, permanecían imperturbables, pronosticando un clima frío, con fuertes vientos y lluvias torrenciales, el ambiente perfecto para el destino al cual me dirigía.

 Tomé el camión, aprovechando el largo camino para leer, costumbre obtenida después de muchas aburridas jornadas en el transporte público camino a la escuela. También me intenté dormir un poco, sabiendo que llegando a mi cita no tendría oportunidad de hacerlo durante el resto de la noche.

 Cerca de la llegada a mi destino comencé a sentir cierta inquietud ya que, por un lado, no conocía el lugar al cual iba a llegar, y por otro, tampoco conocía a nadie con quien llegar, me acercaba a lo desconocido y, aunque emocionado y motivado, no dejaba de sentir ese terrible miedo a la incertidumbre que se asienta en la mente y paraliza el cuerpo frente a la oscuridad del siempre aleatorio futuro.

El kilómetro 12.5 de la carretera Picacho-Ajusco no muestra una mayor diferencia al resto del camino salvo por un pequeño rancho de entretenimiento familiar llamado “La poza del indio”, rancho en el cual se daría lugar la cita programada. Al bajar del autobús noté que el ambiente se encontraba ahora más húmedo debido a la altura, las nubes se habían extendido formando ya un manto impenetrable bajo el cielo, el viento además viajaba con una prisa desorbitante, helando mi rostro y haciéndome dudar de inmediato sobre las pocas provisiones con las que contaba. Caminé hacia el rancho esperando encontrar un espacio donde refugiarme y conseguir algo más de comida y bebida.

“La poza del Indio” recrea el estereotipo de cualquier rancho a las faldas de los bosques, un tanto austero y con cierto tinte de desolación en la fachada. El lugar parece ser llevado por los mismos dueños, una familia amplia con al menos cuatro o cinco niñas y niños pequeños, quienes, en el momento que llegué, se encontraban levantando los restos de lo que pareció ser en tiempos pasados un grande y frondoso árbol, convertido ahora en troncos triturados de más de un metro de diámetro. El rancho cuenta también con una pequeña tienda de abarrotes donde se distribuye muy especialmente la cerveza y las frituras que consumen comúnmente los grupos que deciden pasar el fin de semana a los alrededores del bosque, además de una pequeña fonda vacía y en espera de la siempre anhelada clientela que permitiera sacar “lo del día”.

La primera apariencia del rancho no señalaba ningún aspecto singular, nada que le permitiera convertirse en un lugar especial o único para el evento para el cuál me había preparado. Sin embargo al cruzar la puerta de entrada y dirigirme a la parte posterior del rancho me quedé atónito delante de un espectáculo fascinante. El valle, verde en su totalidad, se encontraba bordeado por un conjunto de pequeños árboles y arbustos rechonchos y frondosos por un lado, mientras que por el otro, la magnificencia misma de las grandes coníferas propias de la zona señalaba el final del rancho y la entrada al bosque. El camino que se abría entre el espeso pasto finalizaba con un conjunto de pequeñas cabañas hechas totalmente de ladrillo rojo y que combinaban a la perfección con el fondo oscuro y majestuoso del monte.

Me senté junto a un árbol mientras esperaba la hora indicada, a mi alrededor el resto de los viajeros elegían su lugar, instalaban sus tiendas de campaña (la cuales iban desde aquellas para una sola persona, hasta grandes estructuras que bien podrían pasar por pequeñas cabañas, diseñadas para al menos diez personas), y calentaban algo de comida, los menos ya había destapado una lata de cerveza y se encerraban en su tienda de campar.

A acercarse la hora se dio la indicación de reunirse bajo el árbol central del pequeño valle, me dirigí allí junto con un número de personas bastante considerable, cien o más viajeros quizá. Las instrucciones fueron claras, sería un recorrido de más de tres horas de duración, caminando sobre una pendiente y con un clima lluvioso -Mi corazón se aceleró aun antes de iniciar la caminata- el final del camino, el interior del cráter del volcán Xitle.




El Xitle es un imponente volcán con casi 4000 metros de altura sobre el nivel del mar. Obtuvo su nombre a partir de la palabra náhuatl “Xitli” que significa ombligo. El volcán, actualmente inactivo, hizo erupción por última vez hace poco menos de dos mil años, acabando con Cuicuilco, una importante ciudad religiosa y de comercio que tuvo su auge poco antes del crecimiento del imperio Teotihuacano.




Giran muchas leyendas y mitos alrededor del volcán, lo que le hace un lugar de tradición ancestral sobre la magia y la superstición. Comúnmente las personas celebran el tres de mayo, Día de la Santa Cruz, en este volcán y bendicen el agua de los manantiales que éste almacena, pidiendo una buena cosecha. Aquellos más ancianos señalas que fueron los espíritus de agua los que salvaron a sus ancestros de la inminente destrucción provocada por las deidades del fuego.

Con todo el misticismo que rodea el gran volcán escalarlo se vuelve una experiencia inexplicable. El camino de la pendiente que dirige hacia él, ahora rodeado de casas, fue construido a partir del fuego destructor de la lava y su ángulo se ascendencia se vio cubierto del mar de lava purificador. Con el transcurso de los siglos, el volcán se cubrió de pasto y flora típica de los cerros, por lo que es muy común confundirlo con un monte. Sin embargo al llegar a la cima se encuentra un cráter extinto en forma de cono con 250 metros de diámetro y 50 metros de profundidad. Si algún dios decidiera habitar sobre la tierra, estoy seguro que elegiría un lugar como éste.

Al llegar a la cima del volcán la neblina ya había cubierto mí alrededor, dejándome en una profunda soledad, acompañado únicamente del sonido y ritmo de mi corazón, agitado por el cambio de presión de la altura. Los torrentes de lluvia llegaban de cuando en cuando, dejándome pronto con el rostro cubierto con restos de agua y sudor. Bajé al fondo del cráter, encontrándome en ese momento en un estado de éxtasis total.

 Estar en el centro de un lugar que en algún momento guardó y liberó tal cantidad de energía le hace sentir a un vivo, todos los problemas que hay fuera del cráter se difuminan para convertirse en parte del aire que te rodea y que llena el ambiente. A tu alrededor sólo puedes ver muros de tierra sin fin, inalcanzable. Bajo tus pies se encuentra el centro mismo de la Tierra, el primer vientre, de donde todos venimos, el inframundo, el ardiente camino donde todos son consumidos por el fuego purificador, los círculos del Dante desesperado siguiendo la voz de su Beatriz, el lago de Caronte esperando ser atravesado a cambio de una moneda de oro, la tierra perdida de Verne, el Mictlán u hogar de nuestros héroes ancestrales, el lugar al cual todos nos dirigimos, el Fin del camino.

Tal es la descripción más fiel de mi experiencia a este viaje místico, fantástico. El regreso se mostró igualmente revelador y lleno de bellas experiencias, volviendo con el alma renovada y listo para una nueva aventura. Al llegar a “La poza del Indio” sin embargo me esperaba un nuevo viaje, igual de emocionante y alucinante, esta vez, detrás de las pantallas que ya tenía listas el Proyecto Noctámbulante, la verdadera razón por la que inicié este camino, por la cual estaba allí, por la que todos estábamos allí, el “Tercer Campamento Sangriento Noctambulante”, listo para una buena dosis de Cine de Terror.

Comparte aquello que te hizo sentir nuestras crónica y si te gustó, no olvides visitarnos muy pronto, para checar la reseña de las películas que se proyectaron en este Campamento Sangriento, con la siempre mirada perversa de este blog.


Que tengan, igual cada noche, muy buenas lunas, y gracias por leernos.